Se diría que los vientos de la primavera árabe llegan hasta las calles del Jerusalén ocupado, regalando a sus habitantes una ligera brisa de optimismo. Que la tensión democrática se haga visible en los países del entorno sólo puede traer beneficios a un pueblo desprovisto de sus derechos por una potencia que se justifica por ser la única democracia real en al región, y que presenta su empresa colonial como una defensa frente al fanatismo.

Paseando por Salah ad Din y las calles que se enraciman en torno a ella, la vida se despliega con tal fuerza que la retórica del miedo y del orden se desmoronan: sucumben frente al olor de las hortalizas y las hierbas aromáticas, el tránsito de carros y minibuses, el ir y venir de quienes trabajan para satisfacer las necesidades cotidianas o quienes buscan pequeñas satisfacciones para romper la cotidianidad: un pan de sésamo y unas olivas como alimento, un pastel o un helado para sonreír. Claro está: también hay muchas mercancías de necesidad dudosa, made in China, condiciones de seguridad precarias, máquinas y servicios inoperantes, y un abigarramiento aumentado por la pobreza y la ocupación; algunos niños sonríen porque al trabajar se sienten adultos mientras muchos jóvenes alcanzan el techo de sus expectativas antes de serlo realmente.

Bajo la parra del restaurante del Hotel Jerusalem, Jumana me habla de cuentos y talismanes. La práctica artística, como la poética, tiene que ver con el trabajo de lo extraordinario, en las formas de la heterogeneidad, la extrañeza, la sorpresa, el asombro, el desconcierto. Cómo transferir al relato o al objeto la idea que los despierta: un atisbo de experiencia intensa, una invitación a la conectividad.  Que las palabras o la materia no conformen monumentos que se impongan a los individuos hasta anular su vida, sino que les sirvan para respirar, para proyectar y para reír.

La ciudad santa está custodiada por las metralletas de los soldados israelíes. Sus armas forman ya parte del paisaje, como los narguile desplegados en los cafés o las telas y los recuerdos exhibidos en las tiendas. Los peregrinos católicos y judíos deben de sentirse protegidos por ellas. Las metralletas reaparecen en el acceso a la explanada de las mezquitas y frente a la iglesia del Santo Sepulcro. Más abajo, el acceso al muro de las lamentaciones parece más bien el de una prisión moderna, con escáner corporal y protecciones de cristal blindado: se diría que el cuerpo sobra, es algo molesto, tal vez si las almas pudieran vivir o visitar Jerusalén sin cuerpo no sería necesaria tanta violencia. Sería entonces una ciudad de palabras y piedras, una ciudad santa al fin, una ciudad sin vida.

Impresión errónea, porque basta atravesar una de las miles de puertas que se alinean en las calles estrechas y retorcidas para sentirse nuevamente en casa. Estar en casa no es sentir la posesión de una casa sino la compañía de los otros: el relato de la experiencia, la cháchara intrascendente, la ilusión de proyectos compartidos, la memoria adherida a imágenes, a muebles y a libros. Estar en casa es sentirse cómodo en la negociación del espacio con los otros, no necesitar cerrar la puerta ni levantar muros de propiedad, sino más bien compartir el goce de un lugar ganado para el uso y cuidado por uno para el placer o el descanso de otros. La verdad no está en las piedras, sino en el aire que contienen y, como el aire mismo, es inasible y su propiedad es indeterminable.

A veces no hay más remedio que escapar y subir a los tejados, respirar el horizonte que se ofrece desde las terrazas, la acumulación de torres y minaretes, cúpulas, viejos muros y nuevos muros, en la lejanía, alzándose en medio de la tierra seca, encierran los Territorios cuya soberanía dolorosamente se aplaza. También allí paradójicamente se puede escapar, a las calles libres de la ciudad de Ramallah, refugio desde hace décadas de la progresía palestina, esperanza de una cotidianidad sin tópicos y sin presiones.

Al otro lado, bajo la calle a la que se abre la puerta de Jaffa, los israelíes han construido un centro comercial que discurre en paralelo a la muralla. ¡Qué idea: competir con el mercado que desde hace siglos ocupa la ciudad antigua o con las abigarradas calles comerciales del Este! En contraste con éstas, la calle única del centro comercial Mamilla está prácticamente vacía. Algunos palestinos se sientan en las escalinatas de acceso, construidas a imitación de las que flanquean la plaza frente a la puerta de Damasco; pero qué diferente atmósfera: aquí está todo tranquilo, silencioso. Sólo unos cuantos turistas ocupan las mesas de un café franquiciado; otros merodean por tiendas idénticas a las que encontrarán en el aeropuerto de regreso a su país o en cualquier centro comercial en cualquier ciudad del mundo. Extraño espacio: más una postulación política disfrazada de promesa de negocio que un espacio destinado al uso: un no-lugar exacerbado, que pretende borrar y competir con la memoria para construir deseos artificiales, un no-lugar en que menos que en ningún otro es posible la vida.

Mamilla es el nombre de esta parte de la ciudad, y sobre todo del antiguo cementerio musulman,  Ma’man Allah, situado unos cientos de metros. Lugar histórico de alto valor arqueológico, ha sido deliberadamente abandonado, troceado, destinado a usos corrosivos. Sobre él se prevé la construcción de un “Centro para la Dignidad Humana – Museo de Tolerancia”. La tolerancia se convierte en Museo. ¿Será por que la tolerancia es ya algo del pasado? ¿O porque la tolerancia es unidireccional y se empeña en soplar hacia el Oeste, siempre mirando hacia delante? Mientras las protestas locales e internacionales demoran la construcción, las máquinas vuelven una y otra vez a la carga protegidas por vallas opacas y contando a su favor con los efectos devastadores del tiempo.

Sin embargo, la vida continúa. Y mientras los unos diseñan espacios para alienación disfrazados de amabilidad cosmopolita con un toque local y los otros predican mensajes religiosos con los que enseñan a los hombres y mujeres a renegar de su propia vida por mandato de una voz (que nadie ha oído) y que les dice que la verdadera vida está más allá de ésta, algunos persisten en vivir la única vida que conocemos y que tenemos. La vida vivida en su cotidianidad, en el trabajo y el encuentro, en los discursos de resistencia, en la asociación constructiva, en la imaginación de proyectos para transformar efímeramente la convivencia, en las veladas que se prolongan en los bares y restaurantes: jóvenes y no tan jóvenes unidos en la afirmación de una vida libre de la opresión religiosa petrificada, del colonialismo de consumos impuestos, del sometimiento político y de la ocupación militar. En los lugares de siempre, y en nuevos lugares que no reniegan de la memoria de los lugares que fueron: reír, conversar, continuar viviendo.

José A. Sánchez, abril 2011

De una visita a Jerusalén, invitado por Al-Ma’mal Foundation for Contemporary Art para la preparación del Jerusalem Show 2011.

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Khalidi Library 1900

(Inauguración de la Biblioteca Khalidi en 1900)