Picasso. Cabeza de mujer llorando. 1937. MNCARS

Picasso. Cabeza de mujer llorando. 1937. MNCARS

(Fragmento ampliado de una intervención en el Seminario “No hay mas poesía que la acción”, MNCARS, Madrid, 12/04/2013)

 

El encuentro tuvo lugar en París, en 1937. Se citaron en un café de la rue Gabrielle, muy cerca de donde estuvo instalado uno de los cañones que los milicianos de la Guardia Nacional, inconformes con la claudicación del gobierno de Thiers, habían reivindicado como propiedad de la Comuna de París y que habían desplazado antes de la entrada del ejército prusiano, victorioso, el 1 de marzo de 1871. Antonin Artaud había regresado el año anterior de México, fuertemente marcado por su experiencia de la magia y de los ritos tarahumaras. Bertolt Brecht llevaba ya cuatro años en el exilio, en constante tránsito de Dinamarca a Nueva York y París. Artaud conocía a Brecht, porque había interpretado el papel de aprendiz de mendigo en la versión cinematográfica de Die Dreigroschenoper, dirigida por Pabst en 1930. A Brecht le habían llegado noticias del visionario actor y editor de La révolution surrealiste, pero no había leído sus textos. Fue Slatan Dudow quien puso a Ruth Berlau, que asistía con Brecht al Congreso de Escritores Antifascistas, sobre la pista del malogrado actor.

Artaud acudió en compañía de Marie Dubuc, vistiendo ropas oscuras, inapropiadas para el clima del momento, y esgrimindo su bastón de madera de trece nudos. Los primeros momentos fueron tensos, y las parejas se observaron con curiosidad y cierta desconfianza. Ruth rompió el hielo hablando sobre el Congreso, sobre su decisión de viajar a España en compañía de algunos de los asistentes, y sobre la polémica suscitada por las “confesiones” de Gide y su abierto antiestalinismo. “Gide es un buen critiano, intervino Antonin”, es un hombre bueno. “Él me enseño que hay que decidirse a vivir lo Sobrenatural, porque lo Real está invadido por Satán”. “Señor Artaud, Satán tiene nombre y se llama Fascismo. El Fascismo no se combate con oraciones, sino con armas. La literatura es nuestra arma, y el señor Gide ha negado esa arma a la lucha contra el Fascismo”. Antonin había comenzado a irritarse, por lo que Marie, insegura, trató de desviar la conversación preguntando a Ruth sobre su inminente viaje a España. “Es una locura”, intervino Bert, “no merece la pena arriesgar la vida por hacerse una foto. ¿De qué sirve un escritor muerto por un obús o un disparo?” Ruth protestó, consideraba que en algún momento los escritores tenían que implicarse también fisicamente. Y ahí Antonin pareció reaccionar y regresar de su ensimisamiento. “Para comprender la guerra no hace falta verla”, sostuvo Bert, “para denunciar la guerra no hace falta estar entre los frentes.” “Tiene usted razón”, intervino Antonin, “para comprender la guerra hay que llevarla dentro, sentir el dolor que anuncia la muerte, dejar correr cada día la sangre hasta que con ella perdamos las vísceras y nuestro cuerpo pueda elevarse como el de Cristo.” Bert dudó un momento e hizo la siguiente observación: “El escritor conoce la realidad por medio de la información y la hace sensible por medio de la imaginación.” “Y el trabajo”, apostilló Ruth. “¿Ha visitado usted la exposición del Palais de Chaillot? Un espectáculo obsceno. La Gran Guerra ya ha comenzado, y la guerra real ocupa un pequeño pabellón, ahí está enmarcado el grito de los desposeidos, el grito de los que se rebelan contra el fascismo.” “Pero de nada sirven los gritos, ni las palabras”, intervino nuevamente Ruth, “si la tecnología sigue en manos de los fascistas.”

Al otro lado de París, las grandes potencias ponían en escena su poderío. Los pabellones del Reich alemán y de la Unión Soviética habían sido erigidos uno frente al otro, flanqueando con sendas torres la construida por Eiffel cincuenta años antes para celebrar el triunfo de la técnica y la expansión colonial; la alemana estaba coronada por un águila imperial; la soviética, por un obrero y una campesina que entre ambos enarbolaban la hoz y el martillo. Los “artistas” que firmaban las esculturas se llamaban Arno Becker y Vera Mujina. En el modesto Pabellón de la República Española, otros artistas habían puesto su talento y su trabajo al servicio de la causa política. La obra de Alberto era muy distinta a la de sus colegas alemán y soviética: El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella se elevaba por sí misma hasta los 12,5 metros de altura, sin torre que la alzara ni arquitectura que la soportara. El Guernica de Picasso mostraba la otra cara de las utopías: el primer bombardeo de una población civil, la plasmación brutal de lo que tantos artistas habían experimentado en sus obras al supeditar lo humano a lo maquinal. Picasso había plasmado en el Guernica su teatro personal, pero ese teatro de su fantasía conseguía transmitir con todo su desgarro el dolor colectivo de los bombardeos. ¿Podía competir el teatro con el espectáculo programado y desencadenado por el fascismo?

Paris 1937

“¿Se ha fijado usted en la pequeña oreja de la mujer que llora?”, preguntó Antonin, “la mujer que sostiene al niño en brazos. Su oreja cuelga de la mejilla izquierda, como si le hubiera sido seccionada, pero aún no se hubiera desprendido del todo. Es por esa herida por donde la madre se desangra, no por la boca, grito mudo, sino por la hendidura bajo la oreja. La oreja ya no es cuerpo, es signo, y en él está contenido todo el misterio. Todos pasan ante el cuadro y ven la representación. Solo yo he visto lo que Picasso quiso decir, algún día le escribiré una carta para que lo sepa.”  “Sin duda Picasso es un pintor genial, pero considero que en sus obras hay una carga sentimental que atenúa su efectividad política.” “Lo que le falta a Picasso es valentía para desprenderse del mundo material, liberarse de la lacra del sexo y convertirse en el gran maestro del jeroglífico.” “No creo que el sexo sea el problema”, observó Bert. “Sólo en la abstinencia y en el celibato gana un cuerpo acceso a lo sobrenatural.”

Bert dirigió su atención a Marie, que permanecía en silencio. Era una  mujer enjuta, de mediana edad, los ojos rodeados de un grueso trazo negro que destacaba el brillo de sus pupilas verdes. Sus manos, muy delgadas, se agitaban imperceptibles, como afectadas por pequeñas descargas eléctricas que provocaban constantes desplazamientos de los dedos, ligeros cambios de posición. Bert debió de advertir el tatuaje con forma de cola de dragón que se adivinaba sobre el dorso de una de sus manos. A lo que Marie respondió con una mirada oblicua, escurridiza y al mismo tiempo insinuante. Ruth malinterpretó la curiosidad como incomodidad y buscó el modo de poner fin cuanto antes al encuentro. Informó a Antonin de que en septiembre se presentaría en París una nueva versión de Die Dreigroschenoper, estreno al que por supuesto les gustaría mucho invitarle. Unas semanas más tarde se estrenaría una nueva pieza sobre la guerra civil española. Les habría gustado presentar en París una pieza sobre la que habían comenzado a trabajar, protagonizada por Rosa Luxemburgo, y en la que se lanzaba la difícil pregunta sobre la guerra y la problemática decisión sobre la implicación en la guerra y la política de alianzas, pero la urgencia de los acontecimientos obligaba. La nueva obra llevaría por título Die Gewehre der Frau Carrar, un papel a la medida de Weigel.

“¿No les parece suficiente el presente?”, les preguntó Antonin. Sonrió de modo inquietante. “Pero si de verdad quieren que hablemos del futuro, están en buenas manos.” Extendió su mano hacia Marie, y ella, tras una vacilación temblorosa, extrajo de su bolso unas cartas de tarot, la cabeza gacha, la mirada inquieta, como pidiendo permiso y al tiempo lanzando un reto. Ruth le respondió con amabilidad que no tenía fe alguna en la astrología, la quiromancia y ninguna de las logias y las mancias. Pero a Bert pareció hacerle gracia la ocurrencia de su colega, sacó un puro de su bolsillo, lo encendó con parsimonia y se prestó a los ejercicios visionarios de Marie. Cuando apenas  las cartas estaban desplegadas sobre la pequeña mesa y Bert apenas había iniciado su discurso, unos gritos llamaron la atención de los tres desde el otro lado de la calle.

Varios furgones policiales habían hecho aparición en el bulevar. Aparentemente, nada había ocurrido. Pero su sola presencia rasgó la tranquilidad de la noche. Comenzaron los gritos, las carreras. Algunos clientes del bar donde el cuarteto estaba sentado, abandonaron prudentemente sus puestos. Bert se puso nervioso y advirtió a Ruth que sería mejor salir de allí cuanto antes. Mientras Marie recogía resignada sus cartas, Antonin se puso de pie para observar el espectáculo; parecía fascinado, los ojos le brillaban, y algunas palabras incomprensibles salían de su boca. “Debemos irnos”, insistió Bert. Agarró el pequeño maletín donde guardaba algunos poemas que habría querido regalar a Antonin, y emprendió la marcha. Ruth lo siguió, y tras ellos se apresuró la vidente Marie. En un momento dado, ésta se giró y advirtió a los alemanes que Antonin no les acompañaba: caminaba, como extasiado, en dirección contraria, hacia el centro del tumulto. Ruth dudó, Bert intentó arrastrarla, pero ella le pidió que la dejara, que lo seguiría más tarde. Para su sorpresa, Bert se encontró huyendo en compañía de la vidente. Caminaron durante un rato en paralelo, vigilándose entre la muchedumbre, hasta que finalmente acabaron también perdiéndose de vista.

Cuando más tarde se reencontraron, Ruth ofreció a su amante un relato detallado de la carga policial y de la actuación de Antonin. Éste, en medio de la multitud, había alzado la voz para recitar uno de aquellos poemas incomprensibles que escribía en aquellos años. En un primer momento, parecía protegido por una especie de aura invisible. Pero al poco un cuerpo golpeado por la policía cayó sobre él y lo desestabilizó.  A partir de entonces, el poeta perdió su aura, y fue un cuerpo más, un cuerpo entre los cuerpos, más torpe que otros, más desgraciado. ¿Le habían arrestado? Ruth no pudo contestar a la pregunta de su amante. Por precaución, había abandonado su posición de observadora antes de que la refriega concluyera. Además, tenían cosas más urgentes que hacer en ese momento.  A la mañana siguiente Ruth tomó un avión hacia Valencia. Bert, despechado, regresó a Dinamarca. No es claro si Antonin pasó la noche en el calabozo o no, pero sí que una semana después se embarcó hacia Irlanda, donde habrían de desatarse sus visiones más extremas.

José Antonio Sánchez

Madrid, mayo-noviembre 2013

Licencia de Creative Commons
Este texto está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España

Anuncios