Hace unas semanas recibí la invitación de una profesora amiga para participar en un congreso sobre investigación artística en Hermosillo, Sonora. Lo precipitado de la organización impidió la duda y a los pocos días del primer correo ya estaba en un avión rumbo a México. No conocía el Norte. Pero la lectura de las páginas finales de Los detectives salvajes y los sobrecogedores relatos que compone “La parte de los crímenes” en 2666 habían dejado una impresión tan profunda en mi cuerpo que volar a Sonora era como un retorno al desierto vivido en la voz de quien imaginó las vidas y los cuerpos de muchos otros.

Lo primero fue la noche cálida, las amplias avenidas vacías, el olor del azahar que salpicaba ya los naranjos, la amabilidad de los sonorenses, el silencio profundo que llegaba paradójicamente como un eco hasta la moderna instalación hotelera. Después fue la Bahía de Kino, la visita al museo de los Comcaac, a quienes se sigue llamado seris, la carne apretada de los mariscos servidos en su propia concha con verdurita y chile, el desierto, el bosque de saguaros insólitamente enternecido por las recientes lluvias.

Hay algo casi animal en los saguaros, que pueden elevarse hasta quintuplicar la altura humana y ramificarse en majestuosos candelabros. Son el testimonio de una fuerza que celebra la vida en las condiciones más adversas. De ahí su animalidad, que es un modo de hablar de obcecación tanto como de inteligencia.

Los Comcaac fueron expulsados de sus tierras por los colonizadores. Y acabaron refugiados en la Isla Tiburón, que ahora gestionan con buen rendimiento económico, por más que una parte de sus beneficios se dilapide en la intoxicación de sus cuerpos con sustancias cuyo consumo contribuye a sostener el negocio y la brutalidad de los narcos. Aun así, los Comcaac se preocuparon de dignificar su museo: no sólo construyeron una nueva fachada donde en grandes letras marrones se lee el nombre de su pueblo, arrancaron de la entrada el viejo letrero que los identificaba como “seris” y deliberadamente no se molestaron en reparar ese desgarrón, para que fuera muy evidente al visitante su rebelión contra un colonialismo y un racismo que hasta día de hoy persiste. Los Comcaac vestían pieles de pelícano, tejen cestos tan apretados que pueden transportar agua en ellos y tallaban el palo fierro para rendir homenaje a los tiburones, las tortugas y las aves que les acompañaban y les sostenían en su vida.

Luis Castro y Adriana Castaños me acompañaron en esta rápida incursión en el paisaje y la etnología. Y gracias a ellas, y sin pedírselo, realicé el sueño lector de salir de un coche aparcado en el lateral de la carretera y caminar entre las plantas nacidas de esa tierra seca y habitualmente dura, pero que en esta ocasión me brindó la experiencia de sentir mis pies hundirse en ella, como si ese paraje habitualmente duro con los seres humanos quisiera acogerme con la misma calidez que las personas a las que encontré durante mi estancia.

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Pero el objetivo era compartir saberes. Y así ocurrió en la tarde y durante los dos días siguientes. La Universidad de Sonora cuenta con una Facultad de Artes muy dinámica. Especialmente estimulante resultó el encuentro con los estudiantes y profesores de la sección de danza. Pero también pude escuchar numerosas presentaciones de profesores de artes plásticas, música y teatro, elaboradas con rigor y dando cuenta en algunos casos de procesos de trabajo artístico en comunidades castigadas por la violencia o la exclusión. Esta Universidad en mitad del desierto tiene cierto parentesco con la mía, en mitad de La Mancha. Fueron creadas con el objetivo de contribuir al desarrollo de regiones periféricas. Por lo que su función social es tan importante como sus funciones básicas de generación y transferencia de conocimiento. Que la Universidad tenga una función social no implica, sin embargo, que las prácticas artísticas (y en general el trabajo académico) deba tener una aplicación social directa. Es más, el énfasis en “prácticas aplicadas” podría degradar el trabajo de artistas y académicos y, al degradarlo, reducir el impacto en el desarrollo, que fue precisamente para lo que estas Universidades fueron creadas.

Las Universidades públicas se encuentran amenazadas en diferentes lugares del mundo por dos factores: el control político y la mercantilización. En España, los buitres están dentro de casa, dispuestos a desmantelar la enseñanza pública y reducirla a un servicio subsidiario mientras se prepara el terreno para que la verdadera formación se convierta en negocio de empresas privadas. El presidente Aznar ha señalado el camino con su nuevo Centro Universitario para “líderes globales”, al que por sus tasas sólo pueden acceder los hijos de buenas familias, y que contó como padrinos con los empresarios del Ibex 35 y con un premio Nobel tan buen escritor como mal actor y peligroso ideólogo.

En la introducción a una de mis intervenciones en la Universidad de Sonora hablé de esto, de la necesidad de combatir para que nuestros centros sigan siendo públicos y de calidad. Esto comienza por plantear una resistencia crítica a la introducción de la terminología mercantil: la Universidad no es una “marca” sino una institución; la institución no es una “símbolo” (himno o escudo) ni unos edificios, sino las que la componen, la memoria de quienes la hicieron y la mantuvieron y una garantía para quienes vendrán; no tenemos que “vender” nuestros estudios ni nuestros recursos de investigación a la sociedad, sino ponerlos en valor (cualitativo, no monetario); nuestros estudiantes no son “clientes”, sino participantes en un proceso común de transmisión y generación de conocimiento; la formación, como la investigación, no mejora con la “competitividad”, sino con la cooperación; la investigación nada tiene que ver con la burocracia, con la acumulación de puntos y la posición en un “ranking”, sino con la inquietud por el saber, el rigor en el trabajo y la constitución de equipos o contextos que contribuyan a su desarrollo. Todos estamos sometidos a políticas académicas y procedimientos administrativos agotadores, pero en ningún caso podemos confundir los requisitos que la política (o la “policía”) y la administración nos imponen para evaluar la investigación con la investigación real, la que merece la pena, y menos aún en un ámbito como el de la investigación en artes, que por sí misma constituye una excepción en el contexto universitario.

La investigación en artes es una dimensión de la práctica artística o de la práctica crítica. Uno se puede engañar a sí mismo durante un tiempo presentándose como investigador o investigadora con el único argumento de que cumple los requisitos formales establecidos por el sistema. Pero la vida es demasiado corta como para andar engañándose, los universitarios tenemos una responsabilidad social que nos debería impedir ese engaño. Si hay que engañar, habrá que engañar al sistema burocrático y, cuando las condiciones se vuelvan muy hostiles, recurrir si es necesario a la práctica de la “perruque”, que consiste en trasladar a la institución los modos de la economía de la generosidad y del “don”. Michel de Certeau escribió ya en 1980: “En el terreno de la investigación científica (que define el orden actual del saber) […] uno puede desviar el tiempo debido a la institución; fabricar objetos textuales que significan un arte y solidaridades; jugar el juego del intercambio gratuito, incluso si es penalizado por los jefes y los colegas, cuando éstos no se conforman con “cerrar los ojos” […], es un retorno de la ética, del placer de la invención en la institución científica”. Aunque sería preferible que los universitarios pudieran investigar sin tener que engañar a nadie y que el sistema se adaptara a la investigación, no a la inversa. Sería también deseable que los artistas-investigadores pudieran desarrollar con rigor su práctica, sin tener que fingir que hacen sociología, anatomía, ingeniería, filosofía o historia para obtener la credibilidad del supuesto “método científico”. Porque los investigadores-artistas pueden aproximarse a problemáticas sociales, corporales, tecnológicas, filosóficas o históricas con sus propios métodos, sin el complejo que lleva a importar los de disciplinas ajenas, en muchos casos tan alejadas de la pretendida objetividad como la práctica artística misma. Y es que la verdad no es aquí el problema. Por ello resulta tan triste que algunos que en su momento fueron artistas traten de imponer dogmas metodológicos que acaban con la investigación artística, porque acaban también con la práctica que la sustenta. Los dogmas son siempre contrarios a la vida, al deseo de vida. Y la investigación carece de sentido si no procede de un deseo de vida que anima a mejorar las condiciones de la misma por medio del conocimiento y la experiencia.

Desde luego los dogmáticos universitarios, aun cumpliendo una triste función y siendo responsables bienintencionados de la degradación de muchas vocaciones y trayectorias creativas, no pueden compararse a otros dogmáticos, armados con el poder económico, el poder político o literalmente con el de los cuchillos y las pistolas. A los primeros les guía la cobardía, la frustración o el resentimiento. A los segundos les guía el interés, la ambición o el odio.

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A pocos metros de la Universidad de Sonora, existe un altar de cruces blancas. Conmemora un trágico “accidente ocurrido el 5 de junio de 2009 en la guardería ABC. El incendio desatado en un almacén contiguo se extendió a las salas donde los niños dormían la siesta. Las deficiencias de seguridad en las instalaciones impidieron el desalojo: 49 niños murieron y otros 75 niños resultaron heridos de diversa consideración. A la laxitud de la justicia mexicana en el proceso por responsabilidad civil o criminal a agentes estatales y propietarios de la guardería se suman las sospechas de que el incendio en el almacén pudo haber sido provocado con la intención de destruir informes comprometedores para el gobierno del Estado.

Hermosillo no ha vuelto a ser igual desde entonces. La indignación sacó a los ciudadanos a las calles, pese a la inclemencia del sol y las altas temperaturas. Y el gobierno corrupto del PRI fue finalmente sustituido por un gobierno del PAN. La corrupción, sin embargo, se mantiene; la impunidad, por el momento, persiste; la violencia, desgraciadamente, aún impone su ley; los ciudadanos siguen en muchos casos inermes.

En esta ciudad de calles amplias, rodeada de vastas planicies desérticas, 49 niños murieron encerrados en un local cuyas puertas no se abrían. Mientras, los responsables directos o indirectos continúan paseándose en sus carros ventilados amparados por la ley, que las familias poderosas reescriben o reinterpretan a su antojo.

Ante esto, no basta la táctica de la “perruque”. Es preciso tomar el poder y echarles, a algunos a la calle y a otros a la cárcel. El poder no hay que tomarlo para imponer ningún “dogma” nuevo, sino precisamente para acabar con los dogmas y con el interés, ese que mueve a algunos individuos a buscar su riqueza, su placer o satisfacer su vanidad a costa del empobrecimiento, el sometimiento o la muerte de otros. Tomar el poder para garantizar el bienestar cotidiano, no el bienestar industrial con el que pervierten nuestros deseos, sino el bienestar que procede de las cosas simples: la contemplación del mar, un paseo al atardecer, un viaje sin hipotecas, una conversación amigable en torno a una mesa. Y el bienestar que resulta de la libre expresión de cada cual, el de la libertad creativa, la que constituye el núcleo de la verdadera investigación, que no puede ser desvinculada de la resistencia contra el dogma y la barbarie.

No más puertas que no se abren, no más muros que limiten propiedades. Para protegerse de los colonos, los Comcaac decidieron exiliarse en la isla Tiburón. Pero no se puede confinar al noventa y nueve por ciento de la población en un gueto, por muy buenas condiciones que lleguen a darse en su interior. Hay que reivindicar el espacio abierto, enterrar el mal bajo la arena.

El hollar de las pisadas, la contemplación del cielo y la compañía de los imponentes saguaros me situaron una vez más en la consciencia de la inmanencia, incompatible con el dogma, sólo tolerable en el encuentro, sólo vivible en lo común.

José A. Sánchez

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