Cada vez que visito Santiago, cumplo con el ritual de pasear hasta la Plaza de la Constitución y detenerme durante algunos minutos frente al Palacio de la Moneda. Los rituales, sean individuales o colectivos, son acciones indispensables para nuestro sostenimiento como seres humanos y como seres sociales. Constituyen el modo en que corporalmente nos reconocemos en el bucle de la vida y de la muerte: somos partícipes de algo que nos excede, pero somos también dignos de tal participación. Ese algo que nos excede es la vida misma, la vida de los otros, de quienes nos precedieron y quienes nos seguirán, pero también la vida de otros seres, incluso el manifestarse inerte de las cosas gracias a las cuales existe la vida. Y la dignidad es la que nos permite ser conscientes individualmente de la dimensión simbólica de nuestro estar, de nuestro hacer, de nuestro hablar, y confiar en la potencia efectiva de ese simbolismo.

El ritual nos instala en la circularidad y en la repetición. Nunca los círculos son perfectos, ni herméticos. Nunca las repeticiones son idénticas ni nos devuelven al mismo punto. Pero circularidad y repetición constituyen los modos en que el cuerpo individual se reconoce en los otros, en quienes están presentes en el círculo, y en aquellos que simbólicamente retornan o vendrán. Constituyen también los modos en que el cuerpo humano se reconoce en los cuerpos naturales.

Los rituales se distinguen de las rutinas o de los círculos formales en que el centro en torno al cual se genera el bucle es algo que consideramos sagrado. Lo sagrado, en la aceptación de nuestro ser inmanente, no puede ser otra cosa que la vida misma, y la muerte como condición de la vida. Claro está que alguien podría llegar a convertir sus rutinas en rituales, y esa sería la condición de una vida plena de sentido para quien la practicara; de hecho, convertir la rutina en ritual es la aspiración de cualquier comportamiento religioso. Aunque lo que sucede es más bien lo contrario: son los rituales los que acaban convirtiéndose en rutinas como consecuencia de la imposición de las religiones jerárquicas o las disciplinas sociales.

Las sociedades contemporáneas dificultan la práctica de rituales. Mantenemos rutinas del pasado, como las liturgias religiosas o las ceremonias civiles, útiles para asegurar la representación del poder y el sometimiento de los mal llamados ciudadanos. Son rutinas que usurpan la idea de lo sagrado: que lo desplazan a una dimensión trascendente, fantaseando sobre la existencia de entidades extracorporales, o a constructos políticos anacrónicos, como las naciones y las banderas. En nombre de esa falsa sacralidad, atentan impunemente contra la vida, contra la diversidad de la vida, contra su circularidad siempre cambiante. Huérfanos de rituales sociales, nuestra cotidianidad se desenvuelve ajena a lo sagrado: la virtualización (literal y metafórica) de nuestras existencias, nos aleja constantemente de aquello que nos religa en la inmanencia.

Inventar nuevos rituales es una tarea que los artistas se han asignado y continúan asignándose. Pero reintroducir rituales en la cotidianidad o reactivar rituales dormidos es una responsabilidad compartida, de la que depende nuestra dignidad como individuos y la riqueza de nuestra coexistencia. Puede ser un simple gesto asociado al saludo o una intensidad mantenida en la conversación, en el comer juntos, en el recordar juntos. Se puede dar en la forma de un paseo, de una danza o de una meditación. Puede ser una acción de riesgo o un compartir inmóviles.

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La primera vez que visité Santiago, me recibió un amable profesor de una universidad privada (después supe que había sido adquirida recientemente por los Legionarios de Cristo). Aquel profesor entusiasta me mostró los exponentes de la modernidad chilena: las autopistas, las torres, los “mall”. Resultaba sorprendente que alguien afiliado a un centro religioso manifestara tanta admiración por aquellos síntomas del materialismo peor entendido, donde tan poco espacio quedaba para lo que sus jefes llamarían “espiritualidad” (por no hablar de “amor” y “compasión”).

Desconcertado por mi insistencia en conocer el centro, aceptó acompañarme. Nos adentramos en el entramado de las calles, por entonces oscuras, como si lo hiciéramos en un territorio peligroso. Hasta que en algún momento apareció a lo lejos el Palacio de la Moneda. El profesor me explicó con admiración contenida cómo los hábiles pilotos del ejército habían bombardeado con tal precisión el edificio que no habían causado más que los daños mínimos necesarios para cumplir su objetivo. Me quedé mudo ante el olvido de las vidas que de hecho constituían aquel objetivo, y por las miles de vidas que a partir de aquella acción resultaron condenadas.

Aquel profesor amable, esposo y padre, comprometido con el crecimiento económico de su país, convencido de las bondades del neoliberalismo y aún agradecido al general Pinochet, era incapaz de reconocer la vida en los cuerpos de las víctimas de entonces y la responsabilidad criminal en quienes ordenaron y ejecutaron los ataques, los arrestos, las torturas, las desapariciones, los asesinatos y la opresión sistemática, cuyas huellas aún son visibles en los cuerpos de los ciudadanos de Santiago. El desprecio de la vida, tan interiorizado por las clases burguesas que apoyaron el golpe y la dictadura y que supieron contagiar a millones de conciudadanos, es una versión nítida, y como ampliada en un espejo deformante, del rencor y del desprecio igualmente interiorizado en esa parte de la sociedad española, formalmente religiosa, amable y de orden, que durante décadas ha persistido en el olvido de los miles de vidas que el católico dictador Franco y los criminales que le acompañaron y le siguieron decidieron inconvenientes, inútiles, prescindibles, y que justifica e incluso aplaude los actos de aquellos cuyos cadáveres aún siguen custodiados por frailes fanáticos en ese monumento a la ignominia que es el Valle de los Caídos.

Desde entonces, cada vez que visito Santiago, cumplo con el ritual de visitar la Plaza de la Constitución y permanecer de pie durante unos minutos ante el Palacio de la Moneda. No es sin duda, y lamentablemente, el único lugar en Santiago donde practicar este ritual de memoria. Es el lugar sin embargo que permanece vinculado en la mía propia a aquel pequeño atentando de olvido, a aquella inconsciente profanación de la vida que presencié en cobarde silencio diez años atrás.

El Palacio de la Moneda es un edificio modesto. Tan lejos de los ostentosos palacios europeos, pero también de la majestuosidad republicana de otros edificios presidenciales. Me pregunto si fue esa la razón por la que Pinochet no tuvo reparo en bombardearlo. ¿Habría atacado con la misma decisión uno de esos monumentales pastiches que lo rodean y que son sede de la Bolsa o del Banco Central? ¿No será que Pinochet despreciaba también a Allende por su modestia? ¿Qué hay más peligroso para los poderosos que un político modesto?

El poder tiende hacia una teatralidad ostentosa. Es una teatralidad compartida por las cúpulas militares, las jerarquías religiosas y los políticos profesionales. Hay que aceptar las reglas de juego para ser admitido en el círculo de poder. Hay que representar que se es superior a los demás. Esa representación es un signo de pertenencia. Y quienes renuncian a la representación son considerados una amenaza. Porque lo importante no es la representación en sí, sino la aceptación de la regla de juego, que sirve para proteger a los “nuestros” y tratar condescendientemente, cuando no directamente excluir, a los “otros”.

Probablemente, a Salvador Allende no le gustaría verse convertido en estatua, en una esquina de la Plaza, frente al palacio donde fue asesinado. No son monumentos lo que necesitamos para mantener la memoria, sino rituales que hagan presentes las vidas de aquellos que nos precedieron y que dieron la suya por asegurar el sentido de las nuestras. No rituales de duelo, sino rituales que nos comprometan con la acción.

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De camino hacia el aeropuerto, la taxista me preguntó por mi estancia en Santiago, le hablé de mis conferencias en la Universidad, de mis paseos por la ciudad. Y, sin mediar información que explicara su convencimiento, me dijo: “Usted es mexicano”. Sonreí. “Casi. En realidad soy español. Pero paso mucho tiempo en México”. “Pues se le ha contagiado el acento”. Lo que no le dije es que a veces en México me preguntan si soy chileno. Y la verdad es que hoy, 11 de septiembre de 2016, me gustaría ser santiaguino. Solo por unos días, porque entre el 26 de septiembre y el 2 de octubre, quisiera marchar por Reforma y ser chilango. Y el mismo día 2, ante el Palacio de Justicia, ser bogotano. Y la semana siguiente paulista, sumando un cuerpo más a quienes defienden el poder legítimo frente al golpe de las oligarquías corruptas. Y después nuevamente madrileño, para contribuir a despejar la ciudad de monumentos imperiales y fascistas, y sustituir estos por rituales que hagan presentes a quienes sufrieron los crímenes cometidos en nombre de la fe religiosa y del materialismo neoliberal (¡qué suma disparatada!), y que, haciéndoles presentes, celebren la vida.

Santiago de Chile – México, septiembre 2016

José A. Sánchez

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