El pasado viernes se produjo un acontecimiento sorprendente durante la última jornada de La Situación 2016. En los tres días que se desarrolló este encuentro de artistas, se sucedieron plenarios y mesas de debate en las mañanas, acciones, presentaciones, proyecciones, exposiciones y conciertos por la tarde. El programa estaba cuidadosamente diseñado, y todo fluía de acuerdo a lo previsto. Las voces se activaban en la mañana, los cuerpos en las tardes. Hasta que en una de las mesas de debate, un grupo decidió alterar ese orden. Se inauguró el conflicto.

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Mesa 8. Ficciones comunes. Intervención de Rubén Ortiz. Foto: José Jurado

La secuencia fue más o menos así. A las diez de la mañana, cuatro artistas realizaron sus presentaciones, en lo alto de un estrado (en realidad el antiguo altar de la Iglesia de san Miguel) y atendiendo a las convenciones propias de una reunión académica. Las intervenciones fueron inteligentes y provocadoras de discusiones, las cuales habrían de tener lugar en las tres mesas paralelas que seguían a  ese plenario. Una de ellas, “Ficciones comunes” comenzó como estaba previsto, con los asistentes, unos setenta, formando un círculo irregular en torno a una mesa algo más informal que la anterior. Otros dos artistas expusieron sus ideas y mostraron documentos. Pero el tercero de los intervinientes decidió romper el formato e invitar a todos a subir por la escalera que conduce al coro e instalarnos en la amplia tribuna lateral. Nos pidió que nos tumbáramos sobre el suelo de madera, que respiráramos profundamente. Y en esa situación él nos habló de su proyecto: “¿Qué pasa cuando no pasa nada?” Hasta ahí, todo bien. Pero al finalizar su intervención, una voz amplificada, procedente de un cuerpo invisible, inició un juego: nos pidió que cambiáramos de lugar, que tocáramos a la persona más próxima, que nos metiéramos un dedo en la boca, que moviéramos el plexo solar, que hiciéramos un ruido, que nos desplazáramos, y que finalmente nos acomodáramos allí mismo para continuar la discusión.

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Mesa 8. Ficciones Comunes. Intervención de Vicente Arlandis. Foto: José Jurado

Los participantes, en su mayoría, parecían sentirse conformes con aquella nueva situación. Y la discusión continuó. Sin embargo, algunos decidieron bajar. Hubo quien prefirió explorar otras mesas. Unos pocos, en cambio, se quedaron en la nave, en la parte baja de la Iglesia, incómodos por la situación creada. Arriba quedaron unas cincuenta personas. Abajo, al inicio, apenas había cinco o seis. Estos pocos se resistían a reintegrarse al grupo; no obstante, querían continuar hablando de lo que se había planteado en las intervenciones anteriores. Se decidió que una delegada de abajo subiera para invitar a los de arriba a que volvieran al formato de conversación establecido. Sus argumentos eran débiles: no se escucha bien, no se está grabando, está muy oscuro… Tales argumentos escondían una molestia más básica: lo que los artistas visuales (y discursivos) sentían como imposición por parte de los artistas escénicos, que habían retado la jerarquía de la imagen y la palabra en relación con el movimiento, los afectos, las presencias. Se inició un conflicto de poder.

Los de arriba eran mayoría y no aceptaron la propuesta de los de abajo. Estos entendían que los de arriba habían alterado unilateralmente las condiciones de enunciación, estaban imponiendo una situación no acordada previamente y desactivando un debate político, para sustituirlo por una conversación endogámica. Un malentendido enturbió la situación: la voz incorpórea volvió a dar instrucciones por medio del micrófono justo cuando el debate estaba teniendo lugar y la minoría coyuntural de los de abajo recibió este mensaje como una burla y una falta de respeto. Me vi obligado a intervenir como organizador y ejercer una autoridad que no deseaba, de un modo que solo el inesperado desequilibrio explica. Lo cierto es que la burla no era tal, sino un error en una dinámica de juego, y la voz aparentemente impositiva emergía de un cuerpo vulnerable al que solo la tecnología otorgaba apariencia de poder. El accidente, no obstante, llenó de razones a los de abajo. Y a partir de entonces se establecieron dos mesas paralelas.

Los de abajo volvieron a la agenda preestablecida. Se habló sobre la responsabilidad de los artistas en la generación de relatos no hegemónicos, sobre modos de intervención en la esfera pública por medio de la ficción, sobre la práctica artística en relación con las redes sociales, sobre cuestiones de representación, sobre la exclusión que toda representación conlleva, especialmente en el caso de quienes como migrantes ven negados sus derechos civiles. Y se habló también sobre el sometimiento del arte a la industria turística, y el caso específico de la exposición sobre Ai Weiwei en Cuenca, coincidente con las jornadas de La Situación.

Los de arriba consideraron que la discusión política era la que la división entre arriba y abajo había producido, y que no se podía continuar la agenda de debate abstrayéndose de lo que acaba de suceder: había que reflexionar sobre cómo ese acontecimiento había afectado a los presentes. Los de abajo hablaban sobre la insuficiencia de la comunicación virtual por medio de imágenes y palabras y la necesidad de poner el cuerpo en la calle para operar transformaciones efectivas. Los de arriba habían activado sus cuerpos y trataban de comprender desde la ficción recién generada qué significa pensar en común, qué significa concretamente hablar desde lo común. Sentían que el tema propuesto como marco para las discusiones de ese día, “rehacer desde lo común”,  había dejado de ser un tema para convertirse en un acontecer: ya no hacía falta hablar “sobre”, porque se estaba haciendo, se estaba pensando mediante el estar.

La experiencia acontecida en la tribuna fue transformadora para quienes participaron en ella. Pero los de arriba fueron incapaces de hacer que su ficción común fuera una ficción compartible, fueron incapaces de gestionar la diversidad, de ponerse en la posición de quienes se resistían a la fisicidad que se reclamaba para participar. Los de arriba estaban viviendo una revolución concreta, y no entendían que otros a quienes consideraban cómplices y que también hablaban de revolución fueran incapaces de sumarse a la suya. Para haber convencido a los de abajo, los de arriba tendrían que haber recurrido nuevamente al discurso. Prefirieron insistir en su ficción y, al hacerlo, la ficción común se convirtió en la ficción de una comunidad, una comunidad que a lo largo del día dejó de ser un “estar juntos” para convertirse en una comunidad de “propietarios” de una verdad no compartida.

Los de abajo consideraban que los de arriba se habían empecinado en una pequeña revolución, y que su autorreferencialidad impedía expandir el discurso fuera del propio círculo de debate. Se constituyeron en una minoría defensora de la discursividad como garante de la posibilidad de generación de lo común. Y desconfiaban de quienes pretendía construir lo común desde la presencia, los cuerpos y los afectos. Es cierto que la transformación concreta de los de arriba parecía cerrarse sobre sí misma: la acción parecía haber sido sustituida por el estar. Sin embargo, los de abajo no advirtieron que su intransigencia era cómplice de una afirmación de la jerarquía de los saberes.

Los artistas reivindican su saber en el ámbito del conocimiento frente al privilegio otorgado al conocimiento científico y las ciencias jurídicas, y reivindican también la potencia transformadora del arte en el ámbito cultural y social frente a quienes consideran las prácticas artísticas como innecesarias y prescindibles. Sin embargo replican la misma jerarquización al afirmar la superioridad de las prácticas discursivas sobre las prácticas sensibles. Una vez más los saberes del cuerpo son desplazados a posiciones de subalternidad. ¿Acaso los problemas a los que se enfrentan los artistas en su práctica cotidiana sólo pueden ser resueltos discursivamente? ¿No es necesario constantemente convocar la sensibilidad, el afecto, el riesgo para dar solución a los problemas del arte? ¿Y no es esto así también en el ámbito político? Y si esto es así, ¿por qué seguir considerando que los de arriba han renunciado al pensamiento por el mero hecho de proponer una activación del cuerpo y del espacio? ¿Por qué contribuimos a ese desplazamiento hacia la subalternidad de los saberes del cuerpo incluso cuando esos cuerpos cargados de saber se conjuran para operar una transformación?

Debo decir que yo mismo no comprendí en ese momento lo que estaba sucediendo. No me di cuenta de que la minoría de abajo era en realidad detentadora del poder en esa comunidad temporal constituida en torno a la mesas de debate, pues eran ellos quienes dominaban el medio discursivo hegemónico. Pero tampoco podía aceptar la transformación de lo común en una comunidad que se vuelve fin en sí misma y motivo de exclusión o enfrentamiento. Quienes vivieron la experiencia de lo común sabían la importancia política de su gesto y de la situación planteada. Pero no fueron capaces de enunciarla. Tampoco de articular las estrategias de contagio necesarias para que la ficción común se expandiera en vez de cerrarse sobre sí misma. El desconcierto provocó la aparición de gestos autoritarios, expresiones desmesuradas, retraimientos defensivos, escepticismos… La reunión de los de abajo produjo un debate rico, del que surgió una propuesta concreta, la Carta abierta al señor Ai Weiwei, uno de las primeros resultados visibles de La Situación. La reunión de los de arriba produjo una experiencia intensa, pero difícilmente comunicable. Ambas situaciones fueron ricas como espacios de encuentro y de pensamiento. Pero la reconciliación resultó imposible: desde abajo se despreciaba la inconsistencia política de los de arriba, desde arriba se volcaba la rabia contra la insensibilidad de los de abajo.

Al final unos y otros coincidieron en la fiesta de clausura, jugando a poner el cuerpo en las calles de Cuenca por invitación de los Erroristas. Pero la posibilidad de un hacer político efectiva ¿no requerirá la colaboración de los de arriba y los de abajo? No que todos se unan en un estar placentero, como pretendían los de arriba, ni que todos se distingan en un debate de contornos nítidos, sino que los afectos se crucen con los discursos, los discursos se encarnen en comunidades temporales, y las comunidades se abran hacia la acción común.

Lo que se habló, lo que se mostró y lo que se hizo en La Situación 2016 se irá publicando a lo largo de los próximos meses. Estoy seguro de que dará lugar a nuevas preguntas, a nuevas discusiones, a nuevas acciones, estares y haceres. Pero también vivimos situaciones que nos revolvieron, que nos invitaron a la transformación. Y que nos obligan a repensar los dispositivos de encuentro: cómo las convenciones de comunicación y debate intelectual nos determinan y nos devuelven a inercias que querríamos evitar. El conflicto de los de arriba y los de abajo fue para algunos una interrupción, para otros una anécdota, y para unos pocos un acontecimiento. Para mí fue también una situación de aprendizaje, de aprendizaje moral y político. No pretendo con ello otorgarle mayor importancia que al resto de situaciones de aprendizaje que se produjeron en estos tres días tan intensos. De hecho, la Situación 2016 fue más bien una sucesión de momentos de aprendizaje, y no hay aprendizaje real sin afectación de los cuerpos. Esa afectación es ni más ni menos importante que el pensamiento condensado en los discursos, en las acciones y en las diferentes propuestas artísticas que se sucedieron durante el encuentro, manifestación de la vulnerabilidad y de la potencia de los saberes artísticos. Es muy difícil dar cuenta de lo que pasó en La Situación. No obstante, lo intentaremos en una multiplicidad de medios: vídeo, audio, imagen, texto, transcripciones, testimonios; para que el debate y la acción sigan abiertos y continuemos pensando y experimentando otros modos de estar en común.

José A. Sánchez

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