Al acabar mis estudios abandoné la ciudad donde nací, atraído por la vitalidad de la escena artística madrileña. Habían pasado los años de la movida y también aquellos en que los artistas disfrutaron de la abundancia. Disuelto el espejismo, nos tocó sobrevivir en un contexto cultural ya entonces precario, pero salpicado de promesas poéticas. Conocí entonces a artistas de mi generación, junto a cuyas producciones se desarrolló mi práctica de escritura: Olga Mesa, La Ribot, Mónica Valenciano, Juan Domínguez, Rodrigo García, Óskar Gómez Mata, Angélica Liddell. El pasado catorce de octubre, La Ribot presentó una exposición y una pieza escénica en el Centro Párraga de Murcia. Viajé allá y reencontré amigos a quienes hacía décadas no veía. Pero me confronté de nuevo a la realidad de una ciudad en que la sensualidad y la desolación coexisten, en que la alegría y la aculturación se dan la mano. Es cierto que algunas personas se empeñan en que la cultura y el arte sigan existiendo y generando debate en esta tierra: algunos de mis profesores y compañeros de universidad son protagonistas de ese esfuerzo; de tal esfuerzo derivan aquí y allá obras, proyectos y pensamientos muy valiosos, un valor sin embargo difícilmente apreciado en el contexto de una sociedad dominada por la comodidad ciudadana, la ambición económica y  la brutalidad política.

Afectado por la contradicción entre el placer de los sentidos y la amargura, que también se aferra al estómago, de tantas posibilidades perdidas, escribí lo siguiente:

“Estamos vivos, porque el olor nos afecta. En nuestra imaginación los colores estallan. Pero no vemos. Una presencia oscura nos bloquea. Deambulamos en torno, desconcertados. ¿Qué sensación es ésta en la que se aúnan el placer y la angustia? Querríamos salir del sueño; el sueño en cambio, nos atrapa. Es la cercanía a otros cuerpos, o es la intensidad sensible de esos otros apenas entrevistos, casi imposibles.

Afuera, el sol sigue bañando cálido nuestros días, las flores se desentienden de la llegada del otoño. Nosotros reímos, conversamos, bebemos, cuidamos nuestros cuerpos. El trabajo no es lo más importante, lo hacemos lo mejor que podemos. Lo más importante es la felicidad. Nos concentramos en ello, en ser felices, a costa de olvidos y de silencios. ¿Qué hay de malo en buscar la satisfacción? ¿Y si estar satisfecho depende del consumo, qué hay de malo en el consumo? ¿Y si la satisfacción depende de lo virtual, qué hay de malo en lo virtual? ¿Y si la luz de una pantalla me calma más que la del sol, que hay de malo en ella? ¿Por qué desconfiar de quienes ofrecen luz a cambio de tan poco? ¿Por qué prestar atención a quienes solo nos ofrecen sombras? ¿Qué son esas sombras más que elucubraciones de fraudulentos profetas? El día es igual al día, aquí están mis amigos, aquí están mis hermanas y hermanos, aquí mi madre, mi padre, mis hijas, mis compañeros de trabajo. Son visibles, ¿qué importa si el otoño es verano y las flores un producto industrial?

Hubo un tiempo en que nuestros abuelos fueron fascistas. Hubo un tiempo en que nuestros abuelos fueron comunistas. Nuestros abuelos lucharon unos contra otros. A los rojos les preocupaba el destino de la gente. A los azules les preocupaba el destino de la patria. Los azules ganaron y la tierra de la seda y el azahar, del galán de noche y del jazmín fue cubierta por un manto de oscuridad. Los supervivientes se acostumbraron a él: raros eran los días de nubes grises, las inundaciones llegaban con puntualidad cada septiembre y en primavera las calles se cubrían de máscaras, dulces y flores. Por unos pocos años, los rojos recuperaron la dignidad. Y algunas cosas cambiaron. Los azules se replegaron, pero nunca se fueron. Al reaparecer, ya no hablarían de patria, hablarían de eficiencia. Ya no ensalzarían la muerte, sino a su modo la vida. Hoy los azules visten de rojo, y han vuelto a ganar. Pero no se conforman con la victoria, quieren desarmarnos hasta las entrañas, y se diría que lo están consiguiendo.

La tierra donde nací es una gran colonia. Las urbanizaciones crecieron sobre el desierto. Los centros comerciales cegaron las acequias. Y carreteras de varios carriles se anudan donde antes se anudaban las ramas de limoneros y almendros. Aquí no hizo falta la ocupación militar para arrancar las cepas, bastó la propagación de un delirio de progreso para que todos nos vendiéramos. Pero nos representamos conservadores, católicos de ritual y de colegio, y practicantes de tradiciones que no son nuestras. Cada septiembre miles de ciudadanos se disfrazan de “moros” después de haber repudiado la memoria árabe y arrasado cualquier resto que nos identificara con nuestros vecinos del sur; no nos inmutamos cuando los migrantes son explotados en los campos o recluidos en los CIE. Cada diciembre nos disfrazamos de europeos para aprovechar los escasos días de frío que nos hacen aproximarnos a la elegancia del norte. Cada primavera reinterpretamos la religión como fiesta y nos ofende quien dude de nuestras convicciones. Y poco después, nos disfrazamos de huertanos, comemos y bebemos sin importarnos haber destruido la huerta que crecía fértil en estas tierras de aluvión: y seguimos creyendo que la nuestra es una tierra exuberante, pese a la alarmante desertificación. Nosotros somos los representantes de la vida mediterránea, con muebles suecos, coches alemanes, políticas castellanas y comidas de todas partes. Somos felices. Vivimos bien. Nadie duda de que la felicidad tiene un precio. ¿Pero no vale la pena pagar ese precio en nuestros cuerpos? Al fin y al cabo, nos sale barato: podemos hacernos los tontos y que otros paguen por nosotros, en tiempos futuros o en lugares que no miramos. Así es la naturaleza, cruel y despiadada.

Nadie me hará desconfiar del ser humano. Nadie me hará desconfiar de la bondad de mis congéneres. Pero ¿hasta cuándo la oscuridad será vivida como luz?”

En el Centro Párraga de Murcia, La Ribot presentó su exposición “Un brazo de menos un ojo de más” y el espectáculo “Another distinguée”. una nueva entrega de sus piezas distinguidas. En contraste con la luminosidad de las anteriores, en esta serie domina el negro. La oscuridad manifiesta el pesimismo. No se trata de un pesimismo fatalista, más bien de un pesimismo crítico. El pesimismo es la condición para los cambios profundos. A condición de que el pesimismo no nos aboque a la parálisis, al no hacer.

Sonia es un enorme volumen cubierto de rudo plástico negro. Ocupa prácticamente la totalidad del espacio: los espectadores se ven obligados a circundarla para buscar su lugar. Sonia impide que los espectadores tengan sillas: deben permanecer de pie. Cabe imaginar que el plástico negro caerá para abrir al menos un espacio para los actores. Pero el plástico no cae. El espacio ha sido devorado por una construcción inútil, inacabada, opaca, hostil a los cuerpos, que ahora deben buscar la movilidad en los márgenes.

Casi en total oscuridad, los espectadores pelean por ver. Porque “ver” es imperativo en la sociedad del espectáculo. Da igual que un inmenso obstáculo nos lo impida, da igual que apenas haya luz. Queremos seguir viendo, para satisfacer nuestra curiosidad, nuestro deseo. Porque, en el espectáculo, quien no ve no participa. Los espectadores se rozan, se empujan, se desplazan, para ver dos cuerpos que en el suelo se arrancan literalmente la piel a tiras. Nadie se atreve a arrancar el plástico negro a la montaña, imaginamos que está prohibido, que es una tarea demasiado grande para un individuo. Es posible que a alguien se le ocurra, pero ¿quién osaría dar el primer paso? De modo que los muchos permanecen en pie, observando cómo tres se despellejan, sin crueldad, sin ensañamiento: simplemente porque es lo que toca, vivir en común es despellejarse en común.

Claro está que no es real, es una piel sintética la que se arrancan, todos tranquilos. No es más que un juego.

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Nosotros sabemos que podríamos actuar, si quisiéramos. Somos conscientes de la brutalidad que nos domina, del precipicio hacia el que nos conduce la deriva depredadora y autoritaria de nuestra civilización. Y, como tenemos la inteligencia para ser conscientes, con la consciencia nos conformamos. Nos observamos divididos, entre nuestro mirar crítico y nuestro estar cómodo. Nos preocupa, pero no nos duele. ¿Y si nos doliera? ¿Y si la división fuera un desgarramiento que nos partiera en dos? Si no fueran cuerpos distintos los que disfrutan y los que sufren, los que piensan y los que hacen, los que viven ahora y los que vendrán. Si todo tuviera lugar en un mismo cuerpo, en un cuerpo partido. Si la sangre corriera, si las vísceras desbordaran la piel y los huesos se hicieran visibles. ¿Podríamos soportar entonces nuestro desgarramiento? ¿Cómo nos acomodaríamos a ese sufrimiento sin paliativos?

Tal vez prefiramos mirar hacia otro lado, un ojo a la derecha, otro a la izquierda, para no ver la sangre que corre. Y permanecer impasibles mientras la perdemos toda, mientras la vida abandona nuestra carne y se instala fuera, en un mundo de máquinas y algoritmos. Hemos perdido la oportunidad de actuar. Hemos perdido la oportunidad del amor. El tiempo de la pasión ha quedado atrás, y ya sólo resta la inercia del rozar y penetrar. Buscamos en otros nuestra mitad perdida. Y como nuestro cuerpo ya no es nuestro, nuestro placer se vuelve mecánico. Estamos secos, tan secos como las tierras que habitamos. Qué más da que nos miren si nuestro cuerpo ya no es nuestro, si es un trozo de carne sin fluidos, si hacemos lo mismo que todos, si ya no somos quienes creíamos ser. Buscamos entonces la satisfacción, porque no renunciamos a la felicidad. Y tampoco, recalcitrantes, a mirar. Ya a nadie se le ocurre desnudar a Sonia, demasiado tarde. Bajo el plástico negro no hay un escenario, adivinamos más bien una enorme masa inerte: nos la han dejado ahí quienes se han ido, quienes no buscaban la felicidad sino el dinero, quienes no buscaban la felicidad sino el poder. Nosotros queríamos ser felices, y perdimos la sangre, la saliva, los jugos gástricos, los óvulos y el semen.

Buscamos entonces consuelo en el enmascaramiento y la pintura. Podemos hacer un último esfuerzo por creer que el desierto es huerta, que la religión es amor, que la propiedad es satisfacción y que somos libres porque podemos disfrazarnos para manifestar nuestras identidades comunes y nuestras identidades diversas. Comemos, bailamos, reímos, cuidamos nuestros cuerpos agostados. Y mientras nos abrazamos en busca de nuestra mitad perdida, a alguien se le ocurre restituirnos la sangre con pintura. ¿Será la pintura capaz de devolvernos la vida? Pero la pintura-sangre sobre la ropa oculta nuestras preciadas identidades, adquiridas en tiendas cuidadosamente elegidas, la sangre sobre la piel nos priva de la respiración, nos convierte en imágenes representadas. La sangre es lo común a la vida compleja, la pintura-sangre obra ahora como instrumento de igualación. Las diferencias se disuelven hasta lo homogéneo, lo común se transmuta en unidad. Los cuerpos rojos laten como una víscera, pero es una víscera sin vida, un simulacro de estómago, o un falso corazón.

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Claro está que todo podría ser la historia de un amor desgarrador, degradado y finalmente perdido. Podríamos leerlo así y seguir riéndonos de nosotros mismos. La risa es siempre la mejor terapia contra el despecho, también contra la desgracia, y contra la alienación. Podríamos decidir que somos testigos de una historia privada, y no de una representación compleja. No hablaría de nosotros, directamente, sino de esos tres cuerpos, tan raros que animan al desapego y al humor: el hombre largo, el hombre negro, la mujer rubia. Decididamente, no hablan de nosotros. Suya es la oscuridad, suya la pasión desecada, suyo el hacer absurdo. Y si esa fuera nuestra decisión, ¿verdaderamente nos sentiríamos más satisfechos? ¿Nos devolvería la alegría?”

José A. Sánchez

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